jueves, 21 de abril de 2011

El Té.

Cotidianamente, dos tazas nos separan.
Uno a uno, nos sirve una mano con firmeza.
Ni una gota se ha derramado y el mantel aún limpio,
comienza a ser inservible.
Cada tanto sabemos que el gesto que sostiene el asa podría hacernos culpables.
¿Culpables?.
Ni siquiera tengo la complicidad de guardarte en un objeto.
No podría encontrarte aunque se revuelquen cada una de las cucharitas.
De la lengua que se retuerce en silencio y no tiene boca. 
Por eso el juego,
es ir quedándose en el cuerpo.
Acomodar la ciudad cuantas veces se pueda.
El día que se nos antoje.
Dos vidas muy diferentes quizá.
Aún así, nos separan dos tazas.
De nunca compartirnos.
Sentados a la mesa de un distinto,
que no nos sabemos.
A la misma hora,
con la misma muerte
y cansados de siempre esperar.