jueves, 22 de septiembre de 2011

Cohesión.

Somos distintos a veces.
Y mientras él se levanta,
hace la cama y se asea.
Yo sigo en las sábanas aún,
sin vida. 
y hundo el cuerpo en mis costillas
y no sé respirar.

Ambos empezamos por lo mismo
y antes que nada, prendemos un cigarrillo.

Fumamos largamente al comenzar el día.
Pero el está muerto en su traje de renuncias
y yo reniego hondamente,
el empezar ver morirse lo que soy.

Por eso, al rato, vemos a Dios entre los libros.
Y él es un ojo que recorre por última vez la biblioteca.
Y yo una mano buscando en el fondo de la almohada,
donde queda mi lectura por las noches.
Como la aguja que se estanca en su sonido
y que luego juntará las horas que no he podido dormir.


Se marchará a trabajar después de despedirse.
Se quedará en los ritos de alargar la partida.
Yo desearía irme con él
y él desearía quedarse.
En el fondo,
amaríamos ser eso distinto del otro.

Pero en la cama donde no muevo un solo músculo de mi vida,
y en el hombre perfecto que represento a diario.
Soy el mismo que veo marcharse.

Posiblemente mañana,
uno de los dos,
deje de existir.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Nana

Nana.

Te pido que busques el fondo de los hilos.
Y si estas hilachas de rojas imprudencias,
bordaran tu sangre.
Ten a bien entender que el amor se hizo una escarcha.
Que el rojo cristal del músculo de tu sangre,
se ha detenido por fin.
También el alma se raspa,
se rompe.
Se hacen nanas a la altura de un hombre.
Una herida profunda puede ser resumida
a la comodidad de un pañuelo.
Pero no importa decirse
en cuantas cosas cabe el dolor.
Pequeño lugar donde se aloja.
Inmensa voluntad de ver el día.
Revisa por dentro tus costuras,
y si esos harapos de hueso se sostienen
del brazo de un alfiler
Quizás el rojo de tu sangre se ha secado por fin.
Puedes buscarte en el fondo de tu pañuelo.