Yo, que con el tiempo no he guardado nada detrás mis ojos,
sentí el sudor de sus cuerpos temblar en sus pasos.
Vi sus bocas desprender el humo y entrar en las sombras la rigidez de sus trotes.
Yo, sin más remedio, que he contemplado a estos príncipes en la oscuridad.
Que no he resistido nunca el olor de la sangre de estas bestias.
Tengo la imagen de sus crines, soberbias, como a un Dios, que no respeto más que con el miedo.
Y aún,
cuando los veo marcharse de mi juventud primera,
comprendo que esta noche,
los hombres que han de nacer en mí, serán siempre el reflejo de estas huestes.
Y nada en el mundo podrá conmoverme otra vez.
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