jueves, 22 de septiembre de 2011

Cohesión.

Somos distintos a veces.
Y mientras él se levanta,
hace la cama y se asea.
Yo sigo en las sábanas aún,
sin vida. 
y hundo el cuerpo en mis costillas
y no sé respirar.

Ambos empezamos por lo mismo
y antes que nada, prendemos un cigarrillo.

Fumamos largamente al comenzar el día.
Pero el está muerto en su traje de renuncias
y yo reniego hondamente,
el empezar ver morirse lo que soy.

Por eso, al rato, vemos a Dios entre los libros.
Y él es un ojo que recorre por última vez la biblioteca.
Y yo una mano buscando en el fondo de la almohada,
donde queda mi lectura por las noches.
Como la aguja que se estanca en su sonido
y que luego juntará las horas que no he podido dormir.


Se marchará a trabajar después de despedirse.
Se quedará en los ritos de alargar la partida.
Yo desearía irme con él
y él desearía quedarse.
En el fondo,
amaríamos ser eso distinto del otro.

Pero en la cama donde no muevo un solo músculo de mi vida,
y en el hombre perfecto que represento a diario.
Soy el mismo que veo marcharse.

Posiblemente mañana,
uno de los dos,
deje de existir.

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